Otra lenta noche de invierno cae en viernes. Salgo a caminar en el estruendoso silencio de una ciudad anónima -aunque quizá la anónima sea yo, vaya una a saber- se cruzan cuerpos alborotados por los grados que ya producen efecto. Me dirijo a un pequeño supermercado, que más bien parece un sitio de expender alcoholes. Cambiaré un queso crema que compré ayer; al parecer a algún guardia o reponedor del turno de noche, le apeteció lo mismo que a mí.
Tengo mi nuevo envase de queso crema, lo he verificado y esta vez lleva queso crema dentro. Vuelvo a la calle. Y como una hemorragia la niebla se esparce entre el frío, que dicho sea de paso, acaricia mis manos y parte de mi rostro -mañana compraré guantes, me digo. Paso por fuera de una vitrina y me detengo frente a una mujer que, trepada en una escalera, limpia vidrios. Pienso que en otro tiempo he sido yo, y que hoy también nos parecemos; ambas asediadas por voces y carcajadas que vienen a enarbolarse en torno al río. Sí, porque en este lugar también hay un río, nostálgico y cruento como todas las corrientes de agua.
Dejo atrás a la mujer de cotona gris, cruzo el río que ofrece la ciudad, llego a un autoservicio, compro café sin azúcar; de regreso el río me detiene en medio del puente. Tomo café entre las luces que adornan la corriente, cual escenografía de la obra más dramática en la que he actuado o actuaré; entonces irrumpe el ruido de los autos, y me veo.
Llevo el café a mi boca nuevamente y el latido cardíaco vuelve. Pienso que quizá un día vendrá el futuro a verme, sin un río que me hable entre el frío y la niebla, sin disfraces que escondan la apatía de una sociedad a la que no me acuño -pero en la que aún vivo. Intuyo que alguien como yo me busca, que vendrá un tiempo más justo, y que será obligación escribir poesía y antipoesía.
SdeM.
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